sábado, junio 10, 2006

· FRIKIPEDIO 03 - Niñez

Relato en Textículos de las Gestas y Fazañas del Valiente y Nunca Bien Ponderado Caballero Frikipedio, paladín de la Justicia y el Honor, y otrosí de las cuitas y placeres que le causaron sus arriesgados amoríos con la Simpar Inciclopea.


Textículo III. De los Juegos de Frikipedio Muchacho, y de sus Primeros Amores y Riesgos.
En los confines del condado de Pedia, invierno tras verano, y verano tras invierno, fue Frikipedio creciendo, observando las viejas costumbres de la nobleza gondwanesa. Sus mañanas eran dedicadas al estudio, las tardes a la preparación de la batalla, y apenas quedaban momentos ociosos, que como los demás niños del castillo dedicaba a travesuras y gamberradas.
Los padres de Frikipedio, entrados ya en la treintena, iban sustituyendo su ardor juvenil por la sabiduría forzosa de su edad.
Uncyclopedy, belleza extranjera, iba ajando sus carnes a cambio de una mirada más profunda. Pero siempre, hasta en sus tiempos postreros, conservó su porte esbelto, y el pelo largo y ondulado, de un color rubio claro que tan sólo se volvió más blanco con los años.
La condesa era una dama difícil, que al contrario de otras mujeres que gustaban de las tareas hogareñas, disfrutaba visitando la Biblioteca de la Torre Norte, y era capaz de pasar tardes enteras tañendo la fídula o escuchando a Ludovico y Teobaldo arrancar sonidos al pesado organistrum.
El conde Wikifredo, en principio zafio e inculto, fue con los años adquiriendo sutiles conocimientos. Por ejemplo, cómo cortar la cabeza a un enemigo de un solo mandoble. O la manera de, con una patada giratoria, derrumbar el pobre muro de una choza campesina. Incluso se inició en el difícil arte de la lectura, sabiendo descifrar las preciosas líneas caligrafiadas de los códices con los que encendían habitualmente los fogones.
Frikipedio, fruto de la unión de tan diversos caracteres, fue en parte amante de la cultura y en parte amante de la lucha.
De mañana se enfrascaba en aprender los latines y discutía largas horas con su tutor. El tutor de Frikipedio, Fray Paifocles de Eirís, monje dominico, era un curioso personaje. Gran lector y filósofo natural, exponía ideas teológicas alejadas de las corrientes más comunes. En ocasiones expresaba al joven Frikipedio pareceres cuasi heréticos, como que la vida está hecha para el placer y no para el sufrimiento. El fraile daba largos paseos por el bosque cercano al castillo, en los que enseñaba a su discípulo la escondida belleza de las cosas pequeñas. Arañas, orugas, sapos, ratas... toda la fauna diminuta que habita la fronda, toda la exhuberante vida que normalmente pasa desapercibida llenaba la mente del niño Frikipedio de inesperadas maravillas.
Las tardes de nuestro joven héroe, en cambio, eran para el trabajo, el ejercicio físico y las emociones propias de la batalla. Frikipedio, por la mañana pacífico y paciente, se convertía, espada de madera en mano, en un fiero luchador. Un caballero incansable que arremetía contra su padre con saña y astucia. Sir Wiki estaba orgulloso. No le gustaba mucho que Frikipedio fuese educado por aquel religioso al que tanto admiraba su esposa, pero la sana fiereza, la terrible animadversión que su retoño demostraba por los muñecos de trapo que recibían lanzazo tras lanzazo y corte tras corte, tranquilizaban el ánimo del conde, y le permitían soñar sonadas victorias, que a la luz de los acontecimientos venideros, se quedaban cortas.
No obstante Frikipedio destacase en la instrucción de mente y cuerpo, y a sus ocho años fuese ya un temible adversario para cualquier adulto en la conversación inteligente o en la burda lucha, seguía siendo un niño y añoraba los pocos momentos que le quedaban en la semana para jugar con otros infantes, y gastar las horas en inocentes entretenimientos.
Los otros niños, del castillo y la aldea cercana (a la que a veces le acercaba Pegerto, el palafrenero) veían en Frikipedio un jefe natural. El joven conde siempre era al que se le ocurrían los mejores juegos y el que planeaba las más ingeniosas travesuras. Cuando veían acercarse su corcel blanco, acompañado del viejo cuidador de caballos, salían todos a su encuentro para recibirle como merecía.
Una tarde de Julio, cerca de la fecha de su cumpleaños, Frikipedio pudo al fin acercarse a la aldea para jugar con los niños campesinos.
En su improvisado ejército de pilluelos, hallábanse Pepe, el hijo del panadero; Pafnucio, bastardo del obispo, pero oficialmente descendiente de un apocado herrero y su gorda mujer, que servía para la Iglesia. Callado y misterioso era el tímido Aníbal Leches, de la casa grande junto a la plaza mayor, cuyo padre había muerto en extrañas circunstancias. Se decía que el asesino se había comido parte del cuerpo... Cristóforo y Colombo, hijos de navegantes, Cebolleo, Simiento y Hortalizo, de padres campesinos... y una niña muy varonil y arrojada, de nombre Inciclopea.
Aquella pandilla era el terror de los comerciantes y buhoneros. En una ocasión, durante la fiesta del Santo Apéndice de Pasta, habían recorrido todo el mercado buscando coles y hortalizas varias, y llenándolas de gusanos que habían criado con mimo durante días. Los conocimientos de Frikipedio les habían orientado a todos sobre el mejor modo de alimentar y engordar aquellos horribles bichos. Los gritos, sustos e improperios al hallarse todas las verduras plagadas de vermes rollizos e intranquilos son todavía recordadas en la comarca.
Otra vez, las gracias casi acaban en tragedia. A pocas horas a caballo del pueblo hallábase un convento de monjas de clausura, que el Prior del Monasterio de Santo Domingo de los Raviolis de Queso solía visitar con más frecuencia de la imprescindible. Las artimañas de Frikipedio habían ideado una trama muy retorcida, en la que se supone varias novicias habían sido atacadas por íncubos... finalmente, las inocentes palabras de aquel niño, habían revolucionado la aldea. Al mismísimo obispo llegaron noticias del escandaloso final del engaño, en el que un inocente Prior acabó siendo visto en un burdel rodeado de rameras, mientras dos monjes desnudos corrían a la calle escapando de súcubos que nadie había visto.
Generalmente las travesuras de Frikipedio y su ejército de gamberros nunca eran castigadas en exceso. Principalmente porque pocas veces se descubría la autoría, y porque no solían tener consecuencias demasiado graves. Cierto que a veces las bromas eran pesadas, y las gentes se abochornaban. Pero cuando querían castigar al niño, Frikipedio se reía y todas las cuitas eran olvidadas. Inexplicablemente el recuerdo de las fechorías de aquellos niños acababa siendo asociado a una risa grata y contagiosa, y ya nadie, ni el mismísimo padre Prior, deseaba vengar aquellos malos tragos.
Frikipedio, en un principio atribuyó el prodigio al sonido de sus carcajadas. Pero en una ocasión cayó en su trampa risueña un alguacil sordo. Por suerte, porque en ese instante arremetía contra ellos lanza en ristre. Poco a poco se fue dando cuenta de que era su cara, exactamente el gesto al que antes refería como gesto XD el que provocaba tal efecto. La carcajada contagiosa tan sólo atraía la vista hacia su cara, y el gesto de sus ojos cerrados en aspa y la boca en forma de media luna hacían el resto.
Entre su ejército de niños campesinos y villanos, hallábase una niña dos años más joven que Frikipedio. Una extraña forastera, venida de allende el mar, llamada Inciclopea. Tenía una larga melena que llevaba recogida en una gruesa trenza negra y brillante como lomo de serpiente. Era valiente, atrevida... jamás se amedrentaba. Al principio, para ser aceptada en el grupo se había disfrazado de chiquillo; todos veían en aquel muchacho, que se hacía llamar Inciclópeo, un posible líder, que hacía sombra a veces al mismísimo Frikipedio. Y lo hubiese sustituído, de no ser porque un día su madre, una mujer gruesa y también morena, ataviada con ropas de fuerte colorido, la andaba buscando.
-Inciclopea, niña, vuelve a casa, ¡que te esperamos para yantar! ¡Mira que eres taimada, chiquilla!...
A partir de aquel día, la niña fue rechazada, porque en aquellos tiempos también las mujeres debían valer por cuatro hombres para ser respetadas. Pero Inciclopea valía por cinco al menos, y en poco tiempo fue readmitida, si bien ya nunca más supuso una amenaza al liderazgo de Frikipedio.
Era un día de sol, extrañamente dentro de la estación lluviosa gallega, cuando Inciclopea, una vez más, acudía la primera a la reunión táctica de la pandilla. Frikipedio esperaba con impaciencia. En pocas horas estarían todos saboreando unos mal guardados dulces de la feria del Macarrón. Seguramente Inciclopea habría ya urdido algún ingenioso plan para arrebatar el botín a sus cuidadores, los confiteros de la capital. Sólo una pequeña corrección, alguna sugerencia, y las mentes de nuestro héroe y aquella niña tan despierta les traerían un dulce premio.
Mas Inciclopea no venía como otras veces, con paso firme y rápido. Ni sus ropas eran las habituales polainas azules, ni su pelo oscuro se escondía en un birrete diminuto.
Estaba preciosa. Sus ojos, que hasta el momento ni había reparado en que eran verdes, lucían cual ciruelas en árbol de vecino. Su largo pelo trenzado caía por su espalda hasta el mismo comienzo de las piernas. Su atuendo, de ordinario sucio y estropeado, era un complicado vestido con cordajes de oro, y su cara siempre sucia relucía como el agua en verano.
-Hola, Inciclopea, ¡hoy pareces una chica! - le dijo Frikipedio. -¿No llevas una ropa un poco llamativa? ¡El confitero te va a cazar!
-Frikipedio: hoy no voy a poder jugar con vos. Ni nunca más. -dijo, triste, la niña.
-Mas, ¡qué decís, Inci! ¿Qué os ocurre?
Entonces, Inciclopea, grave, seria, comenzó a hablar:
-Esta misma tarde parto para Netland, la patria de mis tíos. Vengo a despedirme de vos. Nunca nos volveremos a ver. Decídselo a los otros.
-Pero...
-No hagáis más larga la despedida. Yo os recordaré siempre. Tomad este broche. Si alguna vez nos encontrásemos, sabed que es la mitad de una joya que atesoro. Vuestra parte encaja en la mía. Así nos conoceremos, aunque seamos enemigos. Si de mayor veis una dama con un broche en forma de rosquilla no la matéis hasta ver si vuestro broche encaja en el de ella. Yo nunca querré casarme con otro sino con vos, sabedlo, Frikipedio. Era nuestro destino, pero ahora nos es arrebatado. Dadme un beso.
Y antes de que Frikipedio pudiese reaccionar Inciclopea juntó sus labios con los de él y lo siguiente que nuestro caballero niño pudo ver es la figura de aquella niña tan alta como él aunque dos años más joven alejándose hacia sus padres, que la esperaban en una carroza.
Cuando llegaron los otros niños apenas le dieron importancia a la partida de Inciclopea. En pocos días se supo que el padre de la niña era perseguido por el mismísimo Rey, por alta traición. Nunca más hablaron del caso.
Pero en la hasta entonces limpia frente de Frikipedio asentóse la desazón. Un pequeño punto de tristeza, una sombra de melancolía habitaron ya para siempre en él y le acompañaron toda la vida junto a su poder risueño y un extraño colgante de plata en forma de pepino.
Fin del Tercer Textículo